viernes, 19 de enero de 2018

La Educación: ¿Por qué nos preocupa siempre? ¿por qué más que nunca hoy?


por Corina Setton

¿Por qué siempre?

La educación es un proceso de desarrollo personal, de construcción de identidades y de formación de sujetos para la participación ciudadana. En este sentido, implica un campo de socialización y, por ende, de construcción de lazos y de pensamiento colectivo.

Específicamente la escuela, como primera institución educativa formal, es el lugar de encuentro con otros. Nos posibilita abrir la mirada sesgada de una particularidad familiar a la posibilidad del intercambio con una diversidad imprevisible, por fuera del capricho de los padres o de su lógica singular, hacia una racionalidad social, supuestamente más elaborada.

El Estado entonces es el encargado y responsable de organizar el sistema educativo, en base a los saberes de profesionales e investigadores de este ámbito, en función de ciertos objetivos planteados para la comunidad toda.

Pero, ¿qué pasa hoy?

Asistimos en este último año a un intento de reforma educativa que, al igual que las otras reformas (laboral, previsional y de salud mental), se intenta imponer sin la participación de los principales actores de dicho ámbito.

En este caso, tanto el cierre de profesorados, de programas de educación no formal, los recortes de presupuestos en ciencia y cultura, los cambios proyectados para el año en curso, como la llamada “escuela del futuro”, indican una importante pauperización de la educación en su conjunto.

Un capítulo aparte merece el tratamiento de los docentes por parte del gobierno actual. Empezando por la eliminación de las paritarias y continuando por la estigmatización de los docentes vía medios de comunicación y cadenas nacionales, tildándolos de “vagos” (que no quieren  trabajar, que se toman licencias permanentemente, que hacen paros, teniendo tres meses de vacaciones, que carecen de capacitación), y un sinnúmero de desvalorizaciones irreales por el estilo, se  intenta mediante estas representaciones socavar su autoridad dentro y fuera del aula, sea para que opinen sobre la estructura  curricular y los objetivos respecto de los alumnos, como así  también para realizar reclamos en base a sus propios derechos y los de los estudiantes.

No es de extrañar entonces, que se postule como innecesaria su presencia en el quinto año, o que puedan  ser reemplazados por facilitadores, orientadores o, por qué no, una máquina bien formateada.

Ahora bien, ¿alguno de estos hacedores del “cambio” pisó alguna vez un aula de un quinto año? ¿Se codeó con las problemáticas de esta etapa, llámense “vocacionales”, de “identidad sexual” o de “consumo abusivo de sustancias”, etc.? ¿O creerán que una plataforma virtual tendrá la suficiente formación para abordar dichas temáticas?

En la Kierkegaard Buenos Aires estamos convencidos de que no, de que los docentes son fundamentales en este proceso y cualquier reforma seria está obligada a escucharlos.

Pero, lamentablemente, percibimos que lo que importa a nuestros gobernantes/empresarios no es realmente el ámbito educativo, sino el laboral, la producción de mano de obra barata de docentes, estudiantes y futuros trabajadores y, en todo caso, una “educación para la adaptación”. Por eso, tampoco es de extrañar que no se mencione en ningún lugar de esta reforma  la educación superior, el conocimiento como igualador social o  el pensamiento crítico. 

Pero, afortunadamente, los estudiantes en primer lugar, los docentes con sus asambleas y paros, en segundo término y diferentes espacios, como Kierkegaard  Buenos Aires, seguiremos repensando y resistiendo estas “nuevas viejas políticas públicas”.


Ilustración: Carmen Cuervo

martes, 16 de enero de 2018

Vanidad

I

(Nosotros no nos contentamos de la vida que tenemos en nosotros, y en nuestro propio ser; queremos vivir en la mente de los otros una vida imaginaria, y nos esforzamos por esto en ostentar apariencias. Trabajamos constantemente en embellecer y conservar este ser imaginario y descuidamos lo verdadero; y si poseemos la tranquilidad y la generosidad o la fidelidad, nos apresuramos a darlo a conocer, a fin de decorar con virtudes este ser imaginario; y aún preferiríamos separarlas de nosotros para dárselas a él; y de buena gana seríamos cobardes para adquirir la reputación de ser valientes. ¡Grande signo de la nada de nuestro propio ser, no darse por satisfecho de lo uno sin lo otro, y renunciar frecuentemente a lo uno por lo otro! Que aquel que no murieses para conservar su honor sería infame).

La dulzura de la gloria es tan grande, que, sea lo que fuere lo que ella acompañe, aún a la muerte, se la ama. 

II

El orgullo contrapesa todas las miserias. O las oculta, o, si las descubre, se glorifica de conocerlas. Tan bien, tan naturalmente nos posee el orgullo, en medio de nuestras miserias, de nuestros errores, etc., que llegamos a perder la vida con gusto, mientras se habla de ello.

III

La vanidad está tan anclada en el corazón de un hombre que un soldado, un guapo, un cocinero, un faquin, se alaban y quieren tener admiradores; y también los filósofos quieren eso. Y los que escriben contra (la gloria) quieren tener la gloria de haber escrito bien, y los que leen quieren tener la gloria de haber leído, y yo que escribo esto, tengo tal vez un tal deseo, y tal vez los que lo leerán... (lo tendrán también).

Blas Pascal, Pensamientos, Artículo XIX


Ilustración: Carmen Cuervo

lunes, 15 de enero de 2018

Demora


Si una generación entera quiere ser rey y una generación entera quiere trampear creyéndose extraordinaria, entonces se convierte en basura. Y, en consecuencia, se convierte sólo en demora. Si el gobierno tuviera destinado para la generación a alguien extraordinario, entonces se podría esperar que quizá debiera enviársele primero un precursor, un agente que purificara el aire, que rechazara a todos esos falsos profetas, que aportara de nuevo un poco de sentido y énfasis a una situación enervada y absurda. Es decir, cuando una entera generación se ha vuelto reformista, entonces el verdadero reformador no puede en absoluto llegar a manifestarse en su verdad; esto es, traer a la memoria una expresión antigua, tal como cuando, ante un incendio, todos dan órdenes y entonces el jefe de bomberos no puede darlas. De este modo, el punto de partida es hacer la diferencia entre el individuo singular ordinario y el individuo singular especial; por lo demás, muy bien puede ser que un individuo singular ordinario sea, humanamente hablando, más grande que uno realmente extraordinario.

S. Kierkegaard, El libro sobre Adler, Capítulo I 


Ilustración: Carmen Cuervo

jueves, 11 de enero de 2018

Cuentos para niños



Que haya muchos que se ocupen de contar historias a los niños es la consecuencia natural de que haya una gran cantidad de niños y de que en ellos esté profundamente arraigado el placer de escuchar tales historias. Sin embargo, hay muy pocos que tengan un especial talento para ello, a consecuencia de lo cual se hace mucho daño. Hay dos modos recomendables de contar historias a los niños, pero entre medio hay también una enorme cantidad de desvíos.

El primer modo es el que las nodrizas — y cualquiera que se incluya en su categoría — siguen de manera inconsciente. Con él se le abre al niño un mundo totalmente fantástico, y las nodrizas están íntimamente convencidas y creen que sus historias son de verdad, cosa que necesariamente le transmite al niño una tranquilidad muy beneficiosa, por más fantástico que resultara el contenido mismo. Sólo cuando el niño intuye que quien le cuenta esas historias no las cree, recién entonces el efecto sobre el niño resulta dañino — no por el contenido mismo sino por la falsedad del narrador — por la desconfianza y la incredulidad que el niño poco a poco va engendrando en él.

El segundo modo sólo es posible para quien con perfecta claridad se ha representado la vida de la infancia — quien sabe lo que ella demanda — quien sabe lo que es bueno para ella y así, desde un punto de vista más alto, ofrece a los niños el alimento espiritual que les es apropiado. — Él sabe cómo ser niño, mientras que las nodrizas básicamente son niños — (Que el niño tenga la oportunidad de disfrutar de ambos modos es muy útil y de ningún modo se debe creer que este último punto de vista no reconocería jamás al primero. No, al revés de lo que siempre sucede con esos semi-letrados que amputan el camino del desarrollo, quien posee una madura concepción de la vida, reconoce el otro punto de vista).  

SK; Diarios 1837-1838, II A 12, Universidad Iberoamericana, México, 2013, pág. 29


Ilustración: Carmen Cuervo

martes, 9 de enero de 2018

La nada misma estaba ahí


por Martin Heidegger

En nuestros afanes cotidianos estamos vinculados a veces a este ente, otras a aquel, como si viviéramos perdidos en este o aquel distrito de los entes. Pero, por muy dispersa que nos parezca la vida cotidiana, ella abarca, siempre, aunque sea como en una sombra, a la totalidad de lo que existe. Aun cuando no estemos de verdad ocupados con las cosas y con nosotros mismos —y sobre todo en ese momento—, esta totalidad nos sobrecoge, por ejemplo, en el verdadero aburrimiento. Este no es el que aparece cuando apenas nos aburre este libro o aquel espectáculo, esta ocupación o aquel ocio. El aburrimiento brota cuando “uno está aburrido”. El aburrimiento profundo va serpenteando por las grietas de la existencia como una silenciosa niebla y nivela todas las cosas, a las personas, y a uno mismo en una extraña indiferencia. Este aburrimiento nos hace aparecer todo lo que existe.

Otra posibilidad de semejante aparición ocurre durante la alegría por la presencia de la existencia de un ser querido.

Semejante temple, en el cual uno “se encuentra” de tal o cual manera, nos permite encontrarnos en medio de lo que es (el ente en total) y nos afina de acuerdo con ello. Este encontrarse, propio del temple, no sólo hace aparecer a la totalidad de lo que es, sino que lejos de ser un simple episodio, es el acontecimiento radical de nuestro existir.

Lo que llamamos “sentimiento” no son ni fugaces fenómenos que acompañan nuestra actitud pensante o nuestra voluntad, ni simples impulsos de esta voluntad, ni tampoco estados de ánimo simplemente presentes con los que nos disponemos de una u otra forma.

Sin embargo, cuando estos temples nos llevan así frente a la totalidad de lo que existe, nos ocultan, precisamente, la nada. (...)

¿Hay en la existencia humana un temple tal que nos coloque inmediatamente ante la nada misma?

Se trata de un acontecimiento posible, si bien raramente real: ese temperamento radical es la angustia.

No me refiero a esa inquietud muy frecuente que, en el fondo, no es sino un ingrediente del miedo en que tan fácilmente podemos caer. La angustia es algo radicalmente distinto del miedo. Tenemos miedo siempre de tal o cual ente determinado que nos amenaza por alguna razón. El miedo de algo es siempre miedo a algo. Como el miedo se caracteriza por ser un miedo de... o miedo a..., resulta que el temeroso queda sujeto a la circunstancia que lo atemoriza. Al tratar de escapar de eso, pierde la seguridad para todo lo demás, es decir, “pierde la cabeza”.

La angustia no permite que sobrevenga semejante confusión. Lejos de eso, se halla penetrada por una especial tranquilidad. La angustia no es por esto o por lo otro. Sin embargo, esta indeterminación del motivo por el que nos angustiamos y el objeto de la angustia no es solamente una ausencia de determinación, sino que es verdaderamente imposible que la angustia sea por algo determinado. Esto se hace notar en una conocida expresión.

Solemos decir que, en la angustia, “uno está desazonado”. ¿Qué quiere decir este “uno”? No podemos decir de dónde le viene a uno esta desazón. Nos encontramos así y nada más. Todas las cosas, tanto como nosotros mismos, se hunden en una indiferenciación. Pero no como si solo desaparecieran, sino como si se alejaran para volverse hacia nosotros. Este alejamiento de todo lo que es, que nos acosa en la angustia, nos oprime. No queda de dónde agarrarse. Lo único que queda, lo que nos sobrecoge al escapársenos lo que existe, es esta nada de nada.

 La angustia hace aparecer la nada.

Estamos suspendidos en la angustia. Más claro: la angustia nos deja suspendidos porque hace que se nos escape la totalidad de lo que es. Por esto sucede que nosotros mismos - estos seres humanos que somos—, ubicados en medio de lo que existe, nos escapamos de nosotros mismos. Por esto, en realidad, no somos “yo” ni “vos” los desazonados, sino que es uno el que se desazona. Sólo queda el puro existir en la conmoción de estar suspendido en donde no hay nada de qué agarrarse.

La angustia nos vela las palabras. Como todo lo que es se nos escapa, acosándonos la nada, enmudece en su presencia todo decir “es”. Si muchas veces en la desazón de la angustia tratamos de quebrar el hueco del silencio con palabras incoherentes, esto prueba la presencia de la nada.

Que la angustia descubre la nada lo confirma el ser humano mismo ni bien ella ha pasado. En la luminosa visión que emana del recuerdo vivo nos vemos forzados a declarar: aquello que me angustiaba y aquello por lo que estaba angustiado era, realmente, nada. Efectivamente, la nada misma, en cuanto tal, estaba ahí.


Martin Heidegger, ¿Qué es metafísica?
Traducción revisada por KBA
Ilustración: Carmen Cuervo

viernes, 5 de enero de 2018

¿Qué es la verdad, señor Nietzsche?


por Oscar Cuervo

La filosofía viene (o venía) preguntando desde hace 2500 años acerca de qué es la verdad. La filosofía no es primariamente un campo para definir conceptos sino para resaltar preguntas (ni siquiera inventarlas). No hay una sola manera de plantear la pregunta, ni siquiera de contestarla, pero la pregunta subsiste, aún cuando algunos filósofos quieran clausurar la pregunta mediante una fórmula sencilla e inconsistente. Eso es lo que creo que hace Nietzsche. Si la verdad es un error útil o un invento de determinada especie para acrecentar su poder, ¿cuál es la veracidad de esa caracterización de Nietzsche? ¿Lo que él dice es así (o sea: es verdadero)? Si no es veraz, ¿por qué tendríamos que aceptarlo?

Y si es veraz, ¿lo es en el sentido nietzscheano, o sea como invento suyo, o en un sentido diferente, una verdad no inventada por él sino que incluso se le resiste?

Entonces detrás de su concepto de verdad se esconde otro que no declara, según el cual lo que él dice ("la verdad es un invento de...") es verdadero en otro sentido del que él define como verdad. Cuando dice "la verdad es un invento de..." o "la verdad es un error útil..." ¿por qué tendríamos que tomar en cuenta un invento de Nietzsche? ¿Porque lo dijo él? ¿Porque nos resulta novedoso o agradable?

Y si lo que él dice es verdad en el sentido que él le adjudica, es decir, si es un error ¿por qué tenerlo  en cuenta? ¿Porque es útil? ¿Util para quién? ¿Para él? ¿O para los poderosos? Si es útil para los poderosos, ¿es útil para mí?¿Por qué no puedo inventar yo una definición de verdad que diga "la verdad es lo que sale en la tapa de Clarín" o cualquier otra que se me ocurra, como "la verdad es cuando mi perro me da la patita"? ¿La definición de verdad de Nietzsche es más verdadera que la mía porque es de Nietzsche? Eso sería caer en el principio de autoridad.

Para la ciencia, la verdad se suele postular como una adecuación entre los enunciados y los hechos. El enunciado "S es P" es verdadero si S es P. Incluso en esta concepción, no hay nada que otorgue a este enunciado un carácter universal y absoluto, como muchos postnietzscheanos confunden. Adecuación no implica en modo alguno universalidad y absoluto: son rasgos que diversas tradiciones filosóficas le fueron adosando, pero son independientes entre sí y no hay nada que obligue a que vayan juntos. La filosofía cuestiona esa concepción porque presenta muchos problemas, pero el fin último de la filosofía no es encontrar una definición mejor que la de la ciencia. La vocación de la filosofía no es definir la verdad, sino preguntar por ella. ¿Qué es la verdad? ¿Dónde, cómo aparece? ¿Y cuándo lo que aparece no llega a ser verdad? ¿O la verdad no existe y la pregunta es una pérdida de tiempo? Pero incluso para negar que la verdad exista habría que postular -y fundamentar- una noción de verdad que no sea una ocurrencia arbitraria y determinar algún procedimiento para negar su existencia. A menos que creamos que pensar es tener ocurrencias arbitrarias.

Por lo visto, en las discusiones habituales de las últimas décadas, lo que más cuesta no es estipular una distinción entre verdades absolutas, verdades relativas, verdades objetivas, verdades subjetivas, verdades epocales, verdades eternas, verdades en sentido fuerte, en sentido débil y en sentido mediano (¿habrá para la verdad también una ancha avenida del medio?). 

Se podría seguir infinitamente adosándole adjetivos a la palabra "verdad". Pero lo que cuesta entender es una cuestión anterior, más simple y por ende más difícil: 

¿Qué es la verdad? 

Entendamos bien: no se trata de adherir a alguna de las diversas respuestas que se dieron a esta pregunta a lo largo de la historia (Lo verdadero es la materia, lo verdadero es la Idea, lo verdadero es la sustancia, lo verdadero es la experiencia, lo verdadero es la representación, lo verdadero es la voluntad, la verdad no existe....) sino comprender la pregunta misma. Porque un requisito para responder algo es comprender lo que se está preguntando. 

La pregunta dice: ¿qué es la verdad? y no ¿cuál es la verdad? Es decir, no se responde con proposiciones del tipo "la verdad está dada por la experiencia" o "la verdad está dada por la fe" o "la verdad está dada por el poder" o "la verdad está dada por procesos sociohistóricos". Porque para sustentar cualquiera de esas proposiciones, parece que quien lo dice tiene en claro cómo reconocer lo verdadero y el ámbito en el que se lo puede buscar. Incluso eso es necesario si se responde, como Nietzsche: "La verdad es el error sin el cual no podría subsistir un ente de determinada especie" (implícitamente: el ser humano). Cualquiera que sea la respuesta, pensar qué es lo que otorga verdad a lo verdadero es un problema anterior. Aunque sea para negar que la verdad exista, tesis a la que se podría responder: ¿y cómo lo sabés? Porque la pregunta es tan simple que desorienta.

Lo que yo le objeto a Nietzsche no es que cuestione la concepción tradicional de la ciencia sino que promueva un terríble equívoco: que la verdad es lo que le conviene a los poderosos, que la verdad es un error, que hay que optar entre lo que él dictamina sobre la verdad o afirmar que la verdad es universal y absoluta. Este dilema impone una simplificación que tiende a confundir qué se pregunta. Y filosóficamente es más decisivo haber comprendido bien una pregunta antes de apresurarse a responderla.

No doy ningún concepción de verdad (los nietzscheanos reaccionan a estas preguntas suponiendo que defiendo la idea de una verdad universal y absoluta, o una idea platónica: hasta allí caló la autopropaganda de Nietzsche, un gran productor de tuits), sino que cuestiono la inconsistencia de la de Nietzsche y señalo que a partir de él, los postnietzscheanos tienden a abandonar el problema de la verdad en manos de la eficacia tecnológica. 

Pero la eficacia tecnológica no da verdades sino solo acrecienta el poder, lo cual hace que Nietzsche termine legitimando el reinado del poder ciego de la tecnología, la única encarnación palpable de su pregonada voluntad de poder.

jueves, 4 de enero de 2018

Militar a favor del pensamiento sirve a la causa de los oprimidos



El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla. Tales dificultades son enormes bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas. 

1) El valor de la verdad. Para mucha gente es evidente que el escritor deba escribir la verdad, es decir, no debe rechazarla, ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario… Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello, se necesita mucho valor… Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?... También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad… Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no los exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

2) La inteligencia necesaria para descubrir la verdad. Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado… También, están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres, a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos y que nos llevan a un montón de ruinas. 

3) El arte de hacer la verdad manejable como arma. La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben… Para mí, el fascismo es una fase histérica del capitalismo y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista, el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa. Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo -que se condena- si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica… Los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin el recurso de la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada…El que quiera describir el fascismo y la guerra -grandes desgracias, pero no calamidades “naturales”- debe hablar un lenguaje práctico... Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrar que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.

4) Cómo saber a quién confiar la verdad… La verdad es de naturaleza guerrera y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

5) Proceder con astucia para difundir la verdad… Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso... Los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos, lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre…Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos que pretenden ser pagados por trabajar, etcétera. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión…Incluso, un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres… En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.

Conclusión: La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. Los que reprimen lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción… Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad. Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción.


Bertolt Brecht, "Las cinco dificultades para decir la verdad" 
en Unsere Zeit, abril de 1935. Fragmento editado por Esther Díaz. 
Completo acá


Ilustración: Carmen Cuervo

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