martes, 6 de marzo de 2018

Kierkegaard: Escuchar una voz (I)

Ilustración: Carmen Cuervo

por Oscar Cuervo *

* Nota del editor del blog En el año 2009 la editorial Quadrata de Buenos Aires me encargó la redacción de un libro introductorio sobre el filósofo Søren Kierkegaard, en el marco de la colección Pensamientos Locales. Fue editado finalmente en 2010 como Kierkegaard. Una Introducción. Escuchar una voz (Escuchar una voz es el título que yo prefiero) y pronto su stock se agotó, o al menos eso es lo que me comunicaron los representantes de Quadrata que me encargaron el libro. 

En Mercado Libre circulan todavía algunos ejemplares a precios a veces desmesurados. En algunas librerías de Buenos Aires puede encontrarse ocasionalmente algún ejemplar perdido. Googleando de manera casual, hace poco encontré que en España se ofrecía el libro Kierkegaard. Una Introducción, atribuyéndome la autoría, pero fechada en 2017 por Libros de la Araucaria. No sabía que yo había editado el año pasado un libro en Madrid con el mismo título e idéntica tapa al porteño de 2010. Pedí una explicación a mis editores en Buenos Aires y me dijeron algunas frases sobre un traspapelamiento, errores u olvidos, cosas que no llegué a entender. Cosas que otros me comentan que son usuales con la obra de escritores que jamás pueden controlar la circulación de sus libros. Según me dicen ahora, solo hay 200 ejemplares en España correspondientes a aquella primera edición de 2010, que se presentan a sus posibles compradores españoles como un libro de 2017. Puedo atestiguar que yo no escribí hasta hoy nada nuevo con este título ni tampoco recibí compensación económica por ello. Cuando los editores de la versión original porteña me explicaron lo del traspapelamiento y los olvidos, me dijeron que si tuvieran que pagarme los derechos de autor por esos ejemplares que circulan por España, una vez aplicadas todas las deducciones de impuestos, beneficios para los diversos editores involucrados y las librerías y otros costos de intermediarios, la suma que me correspondería sería tan exigua que me dejaría al borde de tener que pagar yo unos pesos a quienes me editaron y están vendiendo mi libro en España y otras localidades.

En fin. Ya no pretendo controlar este negocio editorial. Entonces tomo mi texto de 2009, lo corrijo, le cambio algunas expresiones que hoy me parece que se podrían decir mejor, le agrego alguna frase que me parece más precisa, hago una discreta corrección de estilo y, dado que después de todo yo lo escribí y es difícil de conseguir a un precio razonable en mi ciudad, lo subo a la web en forma gratuita: lo que ustedes pueden leer a partir de aquí es la versión revisada de Escribir una voz, el libro que escribí en 2009. Esta sí es una versión actualizada en 2018. Va a publicarse en capítulos en las próximas semanas en el blog Kierkegaard Buenos Aires. Lo que sigue es el capítulo 1. No descarto que al final de la publicación de los capítulos preexistentes, ahora revisados, agregue algún epílogo con consideraciones que en 2018 me despierta la lectura de este libro escrito hace casi diez años. Ustedes pueden elegir entre comprar esas versiones que circulan en Mercado Libre a precios irrazonables o imprimir el texto que aquí dejo en forma gratuita. Solo espero que por publicar mi texto en este blog no tenga que pagarle derechos a algún editor español o de otra nacionalidad... Ahí va:
(O.A.C)

¿Quién fue Søren Kierkegaard?

Acerca de en qué sentido él es un contemporáneo nuestro y de lo que tiene para decirnos sobre lo que nuestra época todavía no es capaz de pensar voy a extenderme más adelante. Pero para empezar me permito una rápida referencia biográfica. Esta referencia nos dejará ubicarlo en ciertas coordenadas históricas y culturales y mencionar unos pocos episodios que parecen haber marcado su vida. También nos tendría que invitar a apartar cualquier tentación por explicar su pensamiento a través de su biografía. Una biografía solamente es lo que se ha escrito sobre una vida, los dichos de otros acerca de algunos sucesos exteriores. Cuando hablamos de un pensador como Kierkegaard, perderse en los meandros del decir biográfico es uno de los recursos más eficaces para desoír lo que él dice, para no tomarlo en serio, para reducir su pensamiento a una simple expresión de sus conflictos psicológicos. En el texto que acá empieza no me motiva la mera curiosidad por un lejano personaje de una ciudad periférica del siglo XIX, sino una posición de pensamiento que puede revelarnos algo sobre nuestras actuales encrucijadas.

Søren Kierkegaard nació en Copenhague el 5 de Mayo de 1813. Fue hijo de Michael Kierkegaard y Anne Lund, el hijo menor del matrimonio. Siendo muy joven, Søren emprendió estudios universitarios de teología. Dos personas parecen haber ejercido una influencia especial en su vida: en primer lugar, su padre, un comerciante exitoso inclinado a discurrir sobre cuestiones como la culpa y el castigo, preocupaciones que le trasmitió a su hijo desde muy chico. En su diario personal, Kierkegaard dice que esa atmósfera en la que creció lo llevó a ser un hombre melancólico. Su padre murió en 1838, el mismo año en que conoció a la otra persona que marcaría su vida: Regina Olsen, una chica diez años más joven que él. Søren se comprometió con Regina, pero meses después rompió ese compromiso por motivos nunca aclarados. Al episodio de su noviazgo y de la ruptura con Regina, Kierkegaard se iba a referir de manera indirecta en muchos de sus libros, introduciendo siempre nuevas variantes en la forma de contarlo. Sin que se pueda -ni tal vez valga la pena- determinar lo que ocurrió realmente, es posible intuir que Kierkegaard tomó la decisión de privilegiar su misión de escritor por sobre cualquier otro vínculo personal. 

En 1841 defendió su tesis doctoral, El concepto de ironía en especial referencia a Sócrates. En 1843 empezó a publicar sus libros a un ritmo sorprendente. Algunos, los llamados Discursos Edificantes,  los firmó con su nombre real; otros, bajo diversos pseudónimos. En 1843 publicó O lo uno o lo otro, Temor y temblor  y La repetición; en 1844, Migajas filosóficas  y El concepto de la angustia; en 1845, Etapas en el camino de la vida y en 1846 el Postscriptum no científico a las Migajas filosóficas. Todos estos libros fueron firmados con distintos pseudónimos y constituyen lo que Kierkekgaard denominó posteriormente su obra estética, que desarrolló paralelamente a su obra religiosa. En 1846, al final del Postcriptum, Kierkegaard hace público que esos libros pseudónimos fueron escritos por él, cuestión sobre la que se extiende en su libro de 1848, Mi punto de vista, atribuyendo esta “estrategia de escritor” al “método de la comunicación indirecta” (a la que volveré más adelante).

De ahí en más, Kierkegaard escribió otros libros firmados con su propio nombre, pero significativamente creó un pseudónimo, Anticlimacus, que no respondía a lo que él llamaba una posición estética sino -según consta en su diario personal- a un cristianismo más perfecto que el que él mismo se sentía capaz de encarnar. Con este pseudónimo escribió dos de sus libros más importantes: La enfermedad mortal (también conocido como Tratado de la desesperación) y Ejercitación del cristianismo. Con su propio nombre firmó otro de sus libros fundamentales, Las obras del amor, y más discursos edificantes.

Hubo todavía otro suceso en su vida que iba a repercutir sobre su actuación pública y que signó el último tramo de su obra. Es sabido que Kierkegaard fue un hombre imbuido de un espíritu religioso, aunque siempre manifestó serias reservas hacia las formas que la religiosidad adoptaba en su contexto social. Esto lo llevó a establecer una distinción entre el cristianismo -esto es, la experiencia de un vínculo personal e intransferible con el Cristo de los Evangelios- y la cristiandad -con lo que aludía a una institución meramente mundana, organizada alrededor de la iglesia cristiana en sus entonces 1900 años de historia. La muerte del obispo de Copenhague Jacob P. Mynster, ocurrida en enero de 1854, marcó un quiebre en esta relación conflictiva. Mynster había sido pastor de su padre y muy allegado a su familia. El sucesor de Mynster, el obispo Hans L. Martensen,  pronunció el discurso fúnebre del fallecido obispo, a quien llamó “testigo de la verdad” y “un nuevo eslabón de una cadena sagrada cuyo origen se remontaba a Cristo y a sus apóstoles”. Estas palabras tuvieron en Kierkegaard el efecto de un potente revulsivo. En su diario escribió: “debo entender como mi máximo deber [...] lanzarme al ataque y hacer una protesta, la protesta contra una predicación del cristianismo que a su vez tendría necesidad de una explicación frente al Nuevo Testamento”. 

Ese fue el punto de partida para una batalla pública contra la cristiandad oficial que absorbió sus últimos meses de vida. En el periódico Fædrelandet N° 295 (19 de diciembre de 1854), publicó un artículo titulado “¿Fue el obispo Mynster un ‘testigo de la verdad’, un verdadero ‘testigo de la verdad’? ¿Es esto verdad?” en el que alegaba que un auténtico testigo de la verdad no podría haber vivido con comodidad, entre placeres burgueses y honores. El verdadero cristianismo, sostenía, consiste no en aceptar ese confort, sino en caminar sobre las huellas de la pasión de Cristo. Poco después empezó a publicar un periódico llamado El instante, en el que su virulencia contra la cristiandad oficial se acrecentó. En el número 6 de El instante escribió: “Hay un mundo de diferencia, un abismo, entre la filosofía de vida de Mynster (que en realidad es epicúrea, es la filosofía del goce de la vida, de las ganas de vivir, propia de este mundo) y la cristiana, que es la de los sufrimientos, la del entusiasmo por la muerte, propia del otro mundo; sí, hay tal diferencia entre estas dos filosofías de vida, que esta última (si es que hay que tomarla en serio y no exponerla apenas una vez en un momento de meditación) debe parecerle al obispo Mynster como una especie de locura”.

El instante llegó a publicar nueve números, entre mayo y octubre de 1855. Cuando estaba a punto de salir el décimo número, Kierkegaard sufrió un colapso en plena calle. Pocas semanas después, el 11 de noviembre de 1855, moría en un hospital de Copenhague. Tenía 42 años.

Escuchar una voz

Hay muchos modos posibles de empezar a leer a un autor, muchas entradas posibles a su obra. En el modo que cada lector entra interviene el trayecto singular por el cual uno llegó a él. Generalmente se llega con determinadas preguntas que uno trae de antemano. Estas preguntas son brújulas que orientan, destacan, subrayan, desdeñan, pasan por alto o marcan hitos en la superficie de un texto: interpretan inevitablemente, más allá de los usos que un escritor pudo prever en el momento de escribirlo. La lectura desencadena posibilidades, pero también se desplaza o se desvía de los propósitos iniciales del escritor. Y este desvío puede no ser simplemente una traición que el lector le inflige al autor, porque un desvío puede ser productivo si expande los sentidos que el texto tenía, hasta hacerlo decir algo que antes de esa lectura ni siquiera estaba pensado por el autor. Soberanía de la posibilidad, un texto es siempre algo más, algo distinto de una cosa, de un objeto cerrado sobre sí que está ahí para ser simplemente recibido. No existe algo así como una objetividad en la lectura de un autor. La singularidad propia de cada lector va armando a ese autor para cada uno. Este recorrido singular y donador de sentidos no depende del mero arbitrio del lector: nadie le puede hacer decir a un texto lo que a uno se le antoja. La lectura no es invención sino escucha. Y nadie escucha lo que quiere, sino más bien lo que puede: la manera en que recibimos un texto depende del camino por el que llegamos a él o por el que él llega a nosotros. Este trayecto siempre es mediado por una tradición cultural que facilita tanto como obstaculiza esa lectura. Dicho más corto: autor, obra y lector tienen una forma de existencia especial que no es la de las cosas que se cierran sobre sí mismas sino la de la posibilidad. 

Søren Kierkegaard es el pensador contemporáneo que desplegó el problema de la escritura y de la lectura, de la palabra y de la escucha, de la comunicación y de la verdad, como actos propios de un ser posible. Para Kierkegaard la posibilidad es el modo de ser humano y de sus actos más propios: escuchar y hablar, leer y escribir, son actos de un ente que existe como posibilidad. Cada uno de nosotros es posibilidad y ese es nuestro privilegio y también el motivo de nuestra angustia. Escucha, posibilidad, singularidad, angustia son palabras claves en la posición de pensamiento de Kierkegard.

Decía que él es un contemporáneo nuestro. El hecho de haber vivido en el siglo xix no lo hace menos contemporáneo para nosotros, dado que la contemporaneidad no es una simultaneidad meramente cronológica. Somos contemporáneos de toda palabra que logra interpelarnos, que percibimos  dirigida a nosotros, es decir, que se dirige a alguien que en cada caso puede decir: es a mí a quien se le está hablando. La época de la que un autor procede no lo encierra inevitablemente en el ámbito de las cosas pasadas, ya muertas, ni lo puede aplastar en el marco de ciertas coordenadas socioculturales. ¿Para quién escribe un autor? ¿para quién escribía Kierkegaard? Siempre que se escribe la pregunta está pendiente de modo más o menos velado. Pero mientras Kierkegaard escribía no dejó ni por un instante de hacérsela. Muchas veces se hallan en sus libros invocaciones a “mi querido lector”. Este afecto y esta intimidad, el ser querido, no tiene nada que ver con una familiaridad de un autor que simula saber quién es el lector. Eso no se sabe nunca. El modo de comunicación al que Kierkegaard apostó su vida -hasta llegar a convencerse de que esa era su única misión en la tierra- no es la comunicación de un saber, sino una comunicación de poder. Una comunicación de esta especie nunca se reduce a los significados habituales que se admiten en una época determinada. Un autor que apuesta a comunicar una posibilidad y no un saber ya definido y fijo quiere ser contemporáneo de su lector y, por más lejos que se encuentren en el tiempo, autor y lector se hacen contemporáneos en el instante de la lectura.

Entre todas las puertas posibles para introducirnos en la obra Soren Kierkegaard la que aquí propongo es la figura de la escucha, con el acto de escuchar una voz. Tal vez no sea el tipo de cuestiones que generalmente se resaltan cuando se habla de Kierkegaard, cuando se lo divulga. Es más usual adscribirlo a cierta tendencia filosófica, decir por ejemplo que es el padre del existencialismo. Pero estos “ismos” nunca le hacen demasiado favor al pensamiento y se muestran especialmente ineptos para comprender la posición de un pensador como Kierkegaard. Cuando se dice “existencialismo” parece que se sabe qué se está diciendo, pero en realidad sólo se logra amontonar una cantidad de problemas bajo una misma etiqueta, sin ser capaces de reconocer que cada autor es por sí mismo un problema y que una suma de problemas nunca da como resultado una solución. De modo que prefiero aquí obviar ese procedimiento que ubica a Kierkegaard como iniciador o como precursor de una determinada escuela. Me valgo entonces, como clave interpretativa, de la figura de la escucha. Kierkegaard es el pensador de la escucha, sus desvelos giran alrededor de ese misterio que sucede cuando alguien escucha una voz. Esta figura no es un simple invento mío: en torno a ella se organiza, como vamos a ver, uno de sus libros principales, Temor y Temblor. Mi propuesta afirma que la figura de la escucha permite organizar también el sentido de los principales conceptos diseminados por su obra.

Las personas de hoy vivimos en medio de una selva de palabras, el poder tecnológico multiplicó esta abundancia de mensajes que a mediados del siglo XIX apenas se vislumbraba, cuando Kierkegaard cuestionaba con mordacidad los límites del discurso periodístico. Hoy habitamos un espacio saturado de mensajes. Escuchamos demasiadas voces, leemos demasiadas palabras, y ya no sabemos cuáles de ellas se dirigen especialmente a cada uno de nosotros. La experiencia por la cual alguien se reconoce como destinatario de una palabra es cada vez más rara, porque prima en todo momento un modelo de comunicación impersonal, las palabras que oímos o leemos parece que nunca son “para mí”, sino para cualquiera, en definitiva para nadie. Corremos el riesgo de olvidar lo que significa que una voz nos hable, más precisamente que una voz me hable, que se dirija únicamente a mí, que yo pueda reconocer que soy el destinatario único de esa voz. Esta figura aparece en la historia de Abraham, en ese célebre pasaje del Génesis (22, 1) que dice: 

“Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!». El respondió: «Heme aquí». Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moriah y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga».

“Levantóse, pues, Abraham de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos y a su hijo Isaac. Partió la leña del holocausto y se puso en marcha hacia el lugar que le había dicho Dios”.

Este pasaje comparte la mala suerte de todo texto célebre, lo escuchamos tantas veces que su significado queda naturalizado, es decir: ya no nos dice nada. Kierkegaard se sorprende de que en la misa del domingo se pueda leer este pasaje sin que nadie se sienta presa del temor y del temblor, ya que lo que este relato cuenta es terrible, aunque no nos pase nada al oírlo. Y el relato no es terrible solamente porque lo que se cuenta en él incluya la posibilidad de la muerte de un niño (más aún: del asesinato de ese niño por parte de su padre). Es terrible ante todo porque esa voz a la que Abraham le adjudica una autoridad inapelable se dirige a él en particular para que haga algo que sólo él puede hacer. Le pide que haga un sacrificio, es decir que haga algo sagrado. ¿Comprendemos qué significa un hacer sagrado? ¿Dice la palabra “sagrado” algo todavía para nosotros? Porque si esa palabra ya no dice nada, lo que se está contando es la historia de un asesino, del peor asesino, porque está dispuesto a matar a su propio hijo. Kierkegaard quiere entonces reavivar el fuego terrible que este relato enciende, de modo que vuelva a trasmitir ese temor y ese temblor que, bien escuchado, debe suscitar. Con ese fin es que escribe Temor y temblor, con el de desnaturalizar la indiferencia con la que hoy escuchamos el relato, porque se ha convertido para nosotros en un bien cultural, es decir, algo que no tiene nada de sagrado y que por eso no puede provocar temblor. 

¿Cómo lograr ese propósito? Kierkegaard piensa un dispositivo de escritura de una complejidad y un refinamiento que la filosofía de su época -una filosofía dominada por la pretensión de sistematicidad- desconocía. Para empezar, elige un discurso narrativo y no argumentativo: no va a desarrollar una serie de razonamientos encadenados en sucesivas premisas y conclusiones, sino un relato: va a contarnos una historia. Pero no va a contarnos directamente la historia de Abraham, sino la de un hombre que ha leído la historia de Abraham y al leerla quedó obsesionado por ella. Por consiguiente, este hombre, el protagonista de Temor y temblor, vuelve una y otra vez, a lo largo de los años de su vida, a pensar con horror en la historia de Abraham, un horror que incluye la conciencia de que él es incapaz de comprender del todo lo que esta historia significa. El libro trata entonces no directamente de la experiencia de Abraham al escuchar esa voz que le ordena hacer algo terrible (algo sagrado), sino de la dificultad que tiene un lector de este relato por comprender de qué se trata la misión de Abraham, de cómo Abraham puede escuchar una voz dirigida exclusivamente a él y ser capaz de responder a esa voz. 

Aún así no está todo dicho: el que relata la historia de ese lector obsesionado por Abraham y por la voz que le habló no es directamente Kierkegaard, sino un escritor llamado Johannes de Silentio. Para que se entienda: Kierkegaard crea un personaje, Johannes de Silentio, para que escriba un libro, Temor y temblor, que cuenta la historia de un hombre obsesionado por un relato del Antiguo Testamento. Esto es lo que unos años después de Temor y Temblor Kierkegaard declarará como su “estrategia de comunicación indirecta”, puesto que lo que hay para comunicar no es un saber que se pueda trasmitir de modo directo, sino algo que sólo se puede comprender de un modo oblicuo, en el que el lector tiene que tomar una decisión acerca del sentido del mensaje que recibe. Este juego de cajas chinas es el refinado mecanismo de escritura y de pensamiento que Kierkegaard pone en marcha, muy lejos de ser una mera presentación decorativa de algo que podría decirse de manera más sencilla. Porque lo que Kierkegaard quiere resaltar es un obstáculo productivo (poiético, en el sentido clásico) para la comprensión: la dificultad de ponerse en el lugar de otro. Aquí, en un juego de espejos, hay varios otros: Abraham, el lector de la historia de Abraham, el escritor de Temor y temblor -Johannes de Silentio-, y el propio lector, es decir: cada singular de los que leen Temor y temblor. Lo que así queda planteado es que estas posiciones son intransferibles, que hay un sentido que atañe en cada caso a uno y sólo a uno y ese sentido no puede trasmitirse como si se tratara de un saber. Kierkegaard, a través de Johannes de Silentio, quiere hacernos pensar en la distancia que nos une a Abraham o en la cercanía que nos separa de él:

“Leemos en la Escritura: «Dios tentó a Abraham y le dijo: '¡Abraham, Abraham!'. El respondió: «Heme aquí»”. ¿Has hecho otro tanto tú, a quien se dirige mi discurso? ¿No has clamado a las montañas «¡ocultadme!» y a las rocas «¡sepultadme!» cuando viste llegar desde lejos los golpes de la suerte? O bien, si hubieras tenido más fortaleza, ¿no se habría adelantado tu pie con lentitud suma por la buena senda? ¿No habrías suspirado por los antiguos senderos? Y cuando el llamado resonó, ¿guardaste silencio o respondiste muy quedo, quizá con un susurro? Abraham no respondió así; con valor y júbilo, lleno de confianza y a plena voz exclamó: «Aquí estoy»”. (Temor y temblor)

Notemos la irrupción del narrador que se dirige abruptamente al lector: “¿Has hecho otro tanto tú, a quien se dirige mi discurso?”. Esta irrupción hace aparecer al lector que hasta ese momento parecía oculto y que mediante esta apelación es iluminado con una haz de luz violenta. Así como Dios llama a Abraham, en una duplicación especular, Johannes de Silentio llama a su lector. Si Abraham responde: “heme aquí”, si reconoce que es precisamente a él y a nadie más a quien están llamando por su nombre, ¿qué le cabe hacer al lector de Temor y temblor? ¿Es capaz cada lector de hacerse cargo de responder a esta voz que le habla y responder también “heme aquí”? ¿Existe una voz que pueda interpelarme de esa forma? Y si existiera, ¿sería yo capaz de oírla, de reconocerme cuando se me llama por mi propio nombre?

Es sobre estas cuestiones, las que podemos llamar las cuestiones de la singularidad, del ser cada uno único -enkelte en el idioma danés- y quedarse cada uno solo, sin auxilio posible, ante una voz que nos interpela, que Kierkegaard despliega la temática no sólo de Temor y temblor, sino de toda su obra. De modo que puede tomarse este libro -que en el momento de publicarlo Kierkegaard no firmó con su propio nombre sino con el de Johannes de Silentio- como el punto de cruce de las diversas posibilidades de sentido que despliega la obra de autoría kierkegaardiana en su totalidad. Esta autoría incluye varios otros libros que la mano de Kierkegaard escribió, pero que firmó con diversos pseudónimos que siempre encarnan voces diferentes; pero también están los libros firmados por Kierkegaard en su nombre propio. Y a esto podemos agregar las miles de entradas que escribió en su diario personal a lo largo de los años, cuya pertenencia a su obra de autor es digna de discutirse. Esa totalidad a la que aludimos cuando hablamos de la obra kierkegaardiana dista de ser una totalidad cerrada, porque fue concebida mediante una estrategia literaria que ensaya una comunicación indirecta, es decir, algo que no puede ser dicho del todo. Esta totalidad autoral está, por así decirlo, siempre trunca, no existe como una cosa o como un conjunto de cosas en determinado lugar, disponible para ser manipulado cada vez. Si Kierkegaard dispuso su obra como una polifonía de voces cuya unidad será siempre problemática, es ante todo porque es el pensador que tematiza y cuestiona para la filosofía occidental el problema de la comunicación indirecta, una forma de dirigirse al otro que siempre está a la espera de que cada lector desencadene un sentido que sólo a él, singularmente, le atañe.

El Kierkegaard estético

Kierkegaard se definió a sí mismo como un escritor religioso. En esta manera de presentarse cada palabra tiene su peso y encierra su dificultad. Cuando oímos la palabra “religioso” nuestras representaciones nos guían hacia cierta tradición habitual de las iglesias instituidas. Pero ya dije que para Kierkegaard los hábitos de las religiones instituidas son un obstáculo que, lejos de facilitar la experiencia de la confianza, la desvirtúan. Por esta razón, ponerse en sintonía con la noción de experiencia religiosa que sostiene el autor danés nos va a exigir deshacernos de lo que entendemos por religión usualmente. Este problema será analizado en extenso en los próximos posteos. Por ahora nos conviene detenernos en el otro término de su presentación: él dice ser un escritor religioso. Su carácter de escritor nos conduce hacia la dimensión estética de su pensamiento. Kierkegaard fue uno de los más originales escritores del idioma danés y parece ser que era consciente de su talento. Según dejó escrito varias veces en su diario, siempre vivió en tensión entre esos dos llamados, dos vocaciones: la religiosa y la estética. Si no hubiera experimentado con similar intensidad los dos llamados-el religioso y el literario- si una de las dos fuerzas hubiera prevalecido sobre la otra, es posible que su obra no creciera en esa tensión problemática.

Puestos a considerar la dimensión estética de su obra, hay varios Kierkegaard posibles, encarnados por sus diversos pseudónimos, máscaras detrás de máscaras. Son sorprendentemente diversos: humorísticos, románticos, cínicos, desesperados, entregados a irónicos juegos del lenguaje. Pero ¿hay una clave secreta  que los unifica? ¿Es preciso mantener la pluralidad de sus diferencias? ¿Cómo leer entonces a Kierkegaard?

La filosofía académica no tiene grandes problemas al respecto: procede como siempre lo hace, aplasta la particularidad del pensamiento kierkegaardiano contra el fondo del pensamiento anterior. Un filósofo entre otros, un filósofo después de otros, sólo se trata de armar "el sistema kierkegaardiano" en su diferencia específica. En la época del idealismo moderno, Kierkegaard es aquel que -según esta versión-, contra Hegel, acentuó el valor del hombre individual contra la filosofía hegeliana que en su época acaparaba la máxima atención. La de Hegel es una filosofía sistemática donde predomina el punto de vista de la totalidad, el despliegue de la Historia Universal.

Si hay una voluntad del saber académico de aplastar a Kierkagaard contra el fondo de la filosofía anterior, no es necesariamente porque la academia tenga una saña especial contra el danés. Así es como el saber académico procede con cualquier filósofo: según estas simplificaciones, Descartes es un racionalista, Kant es un idealista crítico, Hegel un idealista absoluto y así sucesivamente. Todo se resuelve con etiquetas, el pensamiento se reduce a una serie de enunciados que se sintetizan en cada caso en una carilla o en unas cuantas; y para las cuestiones de detalles vale sumergirse en el texto con el fin de descuartizarlo, para atravesarlo de referencias previas, para minarlo de discusiones filológicas y rastrear la proveniencia de su terminología, cuestión de que puedan hacerse monografías, tesis y tesinas donde el descuartizamiento se repita una y otra vez. Lo preocupante es que, con este tipo de proceder, Kierkegaard queda encerrado en el pasado de la filosofía. Cuando se le concede su diferencia específica –ser “padre del existencialismo”- es porque él mismo ya es el pasado de otros: Sartre, Jaspers, Marcel, a su vez, ellos mismos pasados. La filosofía sería así un capítulo de la historia de la cultura.

Esta lectura simplificadora también es posible, en el específico caso kierkegaardiano, porque su obra, la manera como el propio autor la dispuso -su “estrategia literaria” de la “comunicación indirecta”- es un terreno minado, propicio a todos los equívocos. Y la edición castellana de sus libros consuma una catástrofe: sus obras fueron muchas veces editadas de la manera más descuidada posible, en la mayor parte de los casos se omitió el problema de la obra pseudónima, y en algunos casos (O lo uno o lo otro, por ejemplo) se lo fragmentó de manera amorfa, inventando libros y títulos donde no los había (Ética y estética en la formación de la personalidad, Estética del matrimonio, por poner dos ejemplos). Sólo en 2008 se llegó a publicar en castellano O lo uno o lo otro tal como el autor lo había concebido. Sólo en estos últimos años se empezó a tomar con seriedad el problema de los pseudónimos a la hora de leer cada libro. En los estudios kierkegaardianos aún hoy existen obstinad@s en el error que todavía se molestan cuando se hace alusión a la cuestión de los pseudónimos. 

Existe también una manera más seria de salvar a Kierkegaard de este maltrato: la escrupulosa lectura de sus textos, el intento de reparar la unidad plural de sus voces, teniendo en cuenta la declaración que él hizo de su estrategia literaria en Mi punto de vista y en el Postcriptum acientífico definitivo a las Migajas filosóficas. En esos libros, él declara que no se debe atribuir a su pensamiento ninguna idea que no haya firmado el propio Soren Kierkegaard y que todo lo firmado con pseudónimos no le pertenece como autor porque -dice- sólo ha sido la mano que escribió lo que le dictaron esas “voces”. Esta curiosa declaración, propia de un autor que tiene la clara voluntad de desafiar al lector a arriesgar interpretaciones, combinada con el espíritu lúdico propio de un singular artista literario, muestra hasta qué punto el propio Kierkegaard quiso volverse un problema para sus lectores. Desde una lectura más seria, entonces, hace falta reconducir cada párrafo, cada frase escrita en los diversos libros “estéticos” (los que firmó con pseudónimos, con excepción quizá de los que firma el pseudónimo Anticlimacus), hacia la posición subyacente, que es la que el autor asume cuando firma con su propio nombre: los Discursos edificantes, Las obras del amor, su última intervención pública en El instante: allí, podría suponerse, es donde habla Kierkegaard. Además, nunca se debe perder de vista una remisión fundamental: el texto kierkegaardiano se escribe siempre en referencia a una voz que lo precede, que lo rige, a una Autoridad a la que siempre apela: la palabra del Nuevo Testamento. 

Una actitud más cuidadosa ante la obra kierkegaardiana es ineludible: no se puede seguir leyendo a Kierkegaard sin tomarse en serio esta tarea, hay que limpiar el camino de todas las malezas que se han dejado crecer a lo largo de tantos años de lectura descuidada. Pero aún así no es suficiente: hace falta advertir que esta opción no carece de otros problemas interpretativos; uno de los más complejos es el de qué hacer con el Kierkegaard de los diarios. Porque nuestro autor dejó anotados, a lo largo de varias décadas, sus pensamientos ocasionales, sus ideas en germen, los borradores de los textos que después serían publicados como libros, incluso las propias opiniones que un tiempo después le merecían los libros que escribió, su manera de interpretarlos y hasta de distanciarse al cabo de los años. ¿Qué hacemos con este Kierkegaard de los diarios? ¿Es este el verdadero Kierkegaard? No lo creo. Es ciertamente un invitado molesto. ¿Lo debemos tener en cuenta? Sí. ¿A título de qué? ¿Como la clave secreta de todas las dificultades de sus lecturas? ¿Es en los diarios donde están las respuestas? No. ¿Hay que reconducir todos sus libros, no sólo los estéticos, sino también los religiosos, hacia los diarios, hacia la “trastienda” de sus pensamientos? No me parece. Tomar semejante decisión implicaría someter incluso los textos que él indicó como los privilegiados (los que firmó con su propio nombre) a una lectura regida por las opiniones de la persona Kierkegaard, quitándole soberanía al acto de la lectura del texto posible. ¿Tenemos que postular la posibilidad de que Kierkegaard se nos haga “presente” en sus diarios, para indicarnos cómo debemos entenderlo? No lo pienso. ¿Hay una interpretación subyacente de su pensamiento que pudiera quedar establecida de modo pacífico y definitivo si seguimos las indicaciones que él nos hace en sus diarios o si tomamos al pie de la letra sólo los libros que firmó con nombre propio? Definitivamente no adhiero a este cierre.

Existe todavía otra posibilidad, que me parece más fértil: la de dejar en suspenso la idea de un Kierkegaard “a mano”, aquel que se completaría al ensamblar la totalidad de sus textos, asignándole a cada parte el lugar y el significado que ese Kierkegaard “a mano” indica. Dejar en suspenso la idea de un autor a mano para encontrarse con una multiplicidad de voces, dejar en suspenso la posición religiosa como clave fundamental y excluyente, para oír por primera vez a las voces estéticas en todas sus diferencias. Dejar hablar a cada uno de sus pseudónimos, modular nuestro oído con sus diversas entonaciones (Stemning es una palabra clave a la que volveré en los post siguientes, cuando tengamos  que pensar las distintas tonalidades que puede entonar una voz): Víctor Eremita, el juez Wihlhelm, Un Esposo, el Joven A, El Seductor, Johannes Climacus, Johannes de Silentio, Constantin Constantius son los distintos “autores” dispuestos por Kierekgaard para algunos de sus libros más conocidos. Incluso a veces estos nombres cambiaron de estatus a lo largo de su obra, pasando de ser personajes de algunos libros a autores de otros. Leer todos estos pseudónimos por primera vez, dejar ser la proliferación estética de pseudónimos y personajes como voces singulares, incluso al que firma como Kierkegaard, animarse a dejar en suspenso provisoriamente al escritor religioso, no precipitarse en suponer que detrás de todos estos Kierkegaards hay finalmente uno que se halla más o menos oculto. Es posible atreverse a aceptar la idea de que el pensamiento de Kierkegaard no se puede reducir a una voz única, admitir que puede haber pensamientos entre la pluralidad de sus voces, en el vacío que queda entre ellas, en sus hiatos y silencios, y dejar subsistir todavía sus contradicciones y secretos como propios de la vacilación de un pensamiento que lucha consigo mismo.

10 comentarios:

  1. Gracias por la agradable y profunda presentación. Estare esperando la continuación.

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  2. Gracias Unknown, la semana que viene, segundo capítulo.

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  3. me encanta , es la mejor manera de interpretar:VER ¡¡ AUN GRANDE COMO KIERKEGAARD , gracias ¡¡¡¡¡

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  4. Muy muy bueno Oscar. Se nota una gran sensibilidad que aún supera el excelente manejo teórico. Un verdadero placer.

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  5. Gracias, Graciano! (Suena medio raro pero no hay otra forma de decirlo).

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  6. Un placer la lectura....LEI EN ALGUN MOMENTO A Kierkegaard Y A PARTIR DE LA LECTURA DE TU PRESENTACIÓN ME DIO GANAS DE RELEER. GRACIAS

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  7. Gracias, Alberto!
    Ya están disponibles los capítulos 2 y 3:
    https://kierkegaardbuenosaires.blogspot.com.ar/2018/03/me-angustio-soy-escuchar-una-voz-ii.html
    https://kierkegaardbuenosaires.blogspot.com.ar/2018/03/desesperacion-y-recuperacion-escuchar.html

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  8. Hola, Oscar! Gracias por compartir. Cómo deberiamos hacer para citarte?

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    Respuestas
    1. Hola Alguien! Poné mi nombre, con el título
      Kierkegaard: Escuchar una voz (Kierkegaard Buenos Aires, 2018)
      y el link.
      Gracias por leer.

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